20091215

Cuatro

Uno.

Estaban unos mafiosos, o algo. No recuerdo qué, pero había hecho algo para ganarme su respeto, y tan sólo me miraban, sin decir nada. Decidían no meterse conmigo, sin decir nada. Yo lo sabía. Aquello que hice me destruyó emocionalmente. Era hora de dormir, y yo me sentía completamente destruida. Derrumbada. Delante de nosotros había una pared con un mural, y uno de ellos comenzaba a cubrir los dibujos con pintura blanca. Yo le quitaba la brocha de las manos y empezaba a pintar con mucha furia, mientras lloraba. Había un dibujo de mis padres y yo. La pintura se volvía negra mientras los cubría a ellos. Al llegar a mi retrato, le daba algunas pasadas superficiales, pensando "aún no he desaparecido entera". Después, con la mano, comenzaba a quitar con ira la pintura del rostro de mi retrato. La rascaba hasta llegar a los ojos, desesperadamente, llorando. La rascaba tanto que arrancaba mi retrato entero de la pared, y me daba cuenta de que era un muñeco hecho de cartón, al que abrazaba, llorando. No me quería perder.
Los mafiosos seguían mirando, pero respetaban. Seguía siendo hora de dormir, pero yo no confiaba en ellos. Decidía cerrar mi puerta con varios seguros; barricarme. Era la habitación donde dormía de pequeña, con mi hermana menor. Ellos, los mafiosos, me miraban de reojo, pero yo sabía que me respetarían. Estaba cansada, cansada. Llegaba Juda (¿o Giuda?), un tipo del retiro al que fui, y me preguntaba si quería desayunar avena con él. Yo decía que sí, aliviada. Bajábamos a la cocina, y él ya tenía su botecito de avena cruda entre las manos. Era anaranjado -el botecito-. Giuda (¿o Juda?) era tan amable como en la vida "real". Sonreía con tranquilidad, y me miraba. Yo le decía que sólo tenía Avena Para la Mujer, de esa morada, pero no la encontraba. Encontraba unos sobres -de avena- debajo de la mesa, pero no eran morados. No Color Esperanza. Había verdes (manzana y canela) y marrones (nueces y dátiles, mis preferidos). Yo tomaba un bonche de sobres y los ponía en una caja de cartón. Se los mostaraba a Juda-Giuda. Y reíamos.
Mi cerebro consciente me sacudió fuera del sueño con las palabras "No te viajes también con Giuda/Juda, Julieta".

Dos.

Estaba sentada con E. Escribía (él) que lo habían despedido del trabajo, sin explicación alguna, y que buscaban a alguien que lo sustituyera a partir del 7 de Marzo. Yo pensaba "¡Bien!, ahora podrá viajar conmigo" Él se echaba un choro intelectual sobre su empleo, pero no dejaba claro qué era.
Estábamos sentados delante de un río. Él tenía botas cafés, de ésas para escalar que tanto me molestan, como las que usaba B. Yo le decía que viajara conmigo. Recorreríamos el Camino de Santiago, y luego...
-Espera, J.- decía él, con toda tranquilidad -Un día a la vez-.
Mi mente consciente, dentro del sueño, dijo "chale, hasta en tu sueño te lo dicen".

Tres.

Estaba jugando Super Nintendo, el juego de Mario. Encontraba un modo de viajar de mundo a mundo, y al llegar al final de una puerta, me encontraba en lo alto de un edificio destruido, del cual sólo quedaba la estructura. Era blanco, y a su alrededro había tan sólo vacío. Rojo.
Yo estaba en uno de los últimos pisos, mirando hacia afuera, y la estructura entera se componía sólo de puertas, tan sólo el marco blanco de las puertas. Y detrás, y delante, y entre ellas, tan sólo vacío (rojo). Yo pensaba desolada "Ahora, ¿cómo recordaré el modo de llegar aquí, y por cuáles puertas he entrado ya, y cómo encontraré el camino a las demás puertas?" Pero no había demás, ni puertas. Tan sólo marcos vacíos y destruidos.
Y mi mente consciente pensó, al escribirlo "Así ha sido mi vida. Un caminar entre mundos, buscando puertas. Y no es que las puertas estén cerradas. Ni tampoco es que estén abiertas. Es que no hay puertas." Y recordé una obra de Jodorowsky. Ja, acabo de recordar el nombre. "El Sueño Sin Fin".

Cuatro.

Aparecía (yo) en un parque. Estaba durmiendo en el suelo, pero había un ruido terrible, de unos tipos que jugaban básquet. Y mucha luz. Yo me levantaba y veía un árbol a la sombra. Parecía tener hojas secas debajo, y yo pensaba "bien, ahí me echaré a dormir". Mientras caminaba hacia él, unos tipos con chaquetas gruesas me miraban. Llegaba al árbol y me daba cuenta de que no eran hojas, sino granos de maiz. El suelo estaba duro, pero igual me eché a dormir en él.

Imágenes por Alex Andreyev.

20091124

Paloma


Quizás es verdad. Que no existe una cura. Que quien enfermo nace, enfermo morirá. Que Elisewin, de tanto correr entre tapetes de nubes blancas y tapices bordados con silencios, una noche sin Luna debía tropezar. Pero no un tropiezo torpe, cortante, incómodo, no, Elisewin tan sólo sabía –tan sólo podía- caer como cae la última pluma de un ave a punto de morir.

La última.

Sin gritos agudos, sin destellos de terror corriendo de una pupila a otra, sin vidrios rotos. Como cuando la respiración se vuelve acompasada al entregarse al sueño –ese momento sutil, intrazable, en que se cruza del umbral de la vigilia al de la inconsciencia-, y los labios se relajan dejando escapar un suspiro, tan tenue que las plumas de ganso de la almohada se regocijan también ellas, tan tibio que envuelve en su halo los llantos de frío de infantes descalzos.

Sólo así podía caer Elisewin.

Y morir. También morir.

Pero en esta historia, una parte de la ecuación no cuadra. Elisewin no murió. Elisewin, sí, aquella demasiado débil para vivir, demasiado fuerte para morir, sanó. Y los meses anteriores a estos últimos meses –que en efecto, no han sido estos últimos meses (sino claro, los anteriores a ellos)- las espirales de mi pecho parecían haber sanado también. Estaba segura. Estaba Viva, también. ¡Ah! Mujer que no ha aprendido, después de años de enmendar los retazos de su existencia –“que no es diamante, sino seda, imagina, incluso una mirada podría desgarrarla”-, después de rellenar fisuras, una tras otra, otra tras una, mujer que no ha comprendido que no es posible volver, no una vez que uno ha verdaderamente partido. Y mi mirada, ella partió antes que los pasos de mis pies descalzos –descalzos, para sentir que sí, andan sobre suelos ajenos, suelos sin dueño, que sí, sangran, incluso lloran, pero andan. Nunca dejarán de andar, ¿verdad?-, y no ha sabido, no ha querido, quizás, encontrar una vía de vuelta.

Y no, la verdad es que no lo entiendo. Y no es que sea yo tonta, ni tampoco extremadamente inteligente, es claro, de otro modo, hace rato que habría dejado de estar cerca. No puedo entender por qué, amando tanto a este suelo que me vio nacer, que resguardó mis pasos al crecer, que bebió mis lágrimas cuando dejé de creer, este suelo que me ha parido y que late dentro de mí como tambores de cánticos paganos, se rehúsa a llamarse mi hogar. No comprendo la razón por la que las ruedas del tren nocturno que canta con silbidos –silbidos graves de otoño, silbidos agudos de invierno-, las ruedas enamoradas de estas vías empapadas en óxido, se atascan cada vez que oyen el cuerno de mis tierras aullar.

Y me gustaría decirte, hermana mía, tú que compartes, más que nadie, más que todos, esta demencia, enemiga eterna, me gustaría decirte que es posible sanar. Que yo, sí, yo que de los muertos en vida guío el desfile, yo que vivo en un mundo de irrealidad, de inicios in-sucedidos, finales tan sólo escritos, yo que pinto historias en paredes, debajo de puentes, entre piedras rotas, sí, Yo, y no la yo que supone ser yo –que incluso se llama a sí misma yo, imagina eso-, cada vez que cargo a mis espaldas los suspiros que tejen mi alma y comienzo a andar sin rumbo, tan sólo siguiendo la marcha del Sol en su autopista de nubes, VIVO.

Podrán llamarlo como los libros de texto dicten, podrán diagnosticarlo como síntomas Freudianos, podrán decir que de tanto correr, queda sólo tropezar, que en algún momento, en algún lugar, se debe frenar, que no, no es posible continuar de ese modo indefinidamente. Y no soy nadie para negarlo, es verdad. Tiene lógica, es cierto. Pero esta mujer de fuego, de hielo al volver a casa, ha cruzado la línea de eventos y situaciones y sentimientos y acciones y hablares y vestires y pensares y seres, sí, eso, seres lógicos. Quizás sea ella la cura, o la enfermedad, o la vacuna, o todas, o ninguna. La ilogitud/ilogicencia/ilogiquez/ilogística/ilogición.

Hay días en que, de tanto perder la Esperanza, no me queda otra cosa que esperar.



Imágenes por Arthur Berzinsh

20091114

Luna

Se ha cumplido un año desde que este tren partió por vez primera. Trescientossesentaycinco días de viaje espacial, mental y emocional. Trescientossesentaycinco noches de escuchar la música de estas vías sonar y dormir arrullada por ella.
Un año más.
Año, una vez más, de demencia escapando por cada poro, bailando entre mis cabellos y riendo con la voz del viento. Año de comienzos sin final, de decisiones que me han catapultado fuera de este mundo mío y hasta el fondo de la espiral de voces que me acompaña en el viaje que es mi vida. Ante todo, año en el que he elegido, contra toda anterior suposición, la Vida. Y prometido que nadie, Nadie, podrá volvérmela a arrebatar. Meses de tropiezos que me han llevado a las costas que decido recorrer. Sin mirar atrás, sin lágrimas de despedida, sin pañuelos al aire, sin lastre, como tantas veces dijiste. Sin lastre. Sin miramientos, reividicando al fin esta existencia como mía, entera, con todo y su locura y sus voces y su oscuridad y su dolor y sus espirales, esas espirale que giran interminablemente hacia pozos subterráneos, y los pozos, y las decepciones, cuántas decepciones, y la indiferencia, y el limbo emocional, y los demonios. CON TODO. Finalmente, Julieta ha decidido dejarse de luchas destinadas a fallar y abrazar a su demencia aceptándola como fiel compañera. Inquebrantable amistad, la de Julieta y su demencia. Ya no a espaldas, ya no escondida en una cajita, ahora, en la mirada, de la mano, a su lado cuando duerme debajo de estrellas que bailan para ella.
Sí, Julieta ha elegido vivir.
Y este tren ha intentado morir incontables veces, y algunas, ha estado a punto de lograrlo. Cerrar la compuerta del carbón, apagar sus luces y dar por terminado este paseo nocturno al que dedica su respiración de vapor danzante.
Pero la Luna comienza un nuevo andar en su camino de polvo estelar. Y la Luna en mi nombre aborda el viejo vagón que se entrega decidido al horizonte. Una vez más.


-Julieta Luna.

Imágenes por Al Magnus.

20091107

Sexo

"A veces, cuando termina, lloro. Le doy la espalda para que no me pueda ver, siento su brazo pasar por encima de mi cuerpo para abrazarme contra él, y lloro. A veces por unos minutos, a veces por la noche entera. Clavo mi vista en la pared y empapo, lenta y silenciosamente, la almohada que no me pertenece, y llorando me quedo dormida. Él, que siempre cambia de nombre y de apellido, pero que invariablemente termina con una sonrisa bien pintada en su siempre atractiva cara, no se da cuenta. Nunca se da cuenta. Tiene mi cuerpo acostado contra el suyo, puede oír mi respiración como si fuese propia y contar mis latidos con los dedos de su mano, pero no se da cuenta. Se da cuenta la noche, que me susurra historias de niños al oído, se da cuenta la cama, que me abraza para transportarme al sueño, y se da cuenta mi cuerpo, desnudo y atrapado, frágil y abandonado, amado y completamente solo. Y aunque lo intente presionar contra Él, aunque trate de borrar cada centímetro que nos separa y fusionarme con su cuerpo, no siento el calor que emana de él, no siento la distancia disminuida ni el contacto de mi piel con la suya. Y lloro. Sin razón y con miles de ellas. Lloro.
A veces se pregunta por qué me alejo cuando me toca. Yo sonrío y no respondo. Porque me duele. Sus dedos sobre mi piel me queman como lenguas de fuego, y dejan su marca por donde pasan en modo que sigo sintiendo la piel en carne viva cuando se van, y puedo retrazar el camino que hicieron, puedo casi verlo pintado en mi cuerpo. Me molesta que me toquen sin amor, pero me rompe que lo hagan amándome. Me destroza, quema agujeros en mi pecho que tardo días en reparar. Hay veces que es insoportable y siento que mi cuerpo se va a desmoronar, comienzo a temblar de miedo y me tengo que alejar, que correr, que darle la espalda y cerrar la puerta a sus caricias. Y se pregunta por qué me alejo. Por qué huyo. Por qué la mirada distante y desconectada, por qué la frialdad. Porque si me conecto, me rompo en pedazos, y no tengo las fuerzas de levantar los trozos. Porque si comienzo a sentir no tendré el coraje de terminar de hacerlo. Porque me duele el amor, más que cualquier otra cosa. Porque me rompe."

Hace siete meses, Julieta pimtó estas palabras en un cielo sin Luna. Esta noche han vuelto a taladrarme la mente. Y al levantarme, las he visto trazadas sobre mi piel desnuda. Una vez más.


Imágenes por Deseo

20091103

Las Líneas de Mi Mano

Julieta parte (deja vú)
Julieta se va (deja vú)
Julieta no sabe cuándo volverá.
Deja vú.
Dicen por ahí que de tanto buscar la cura acabaré por marchitarme demasiado pronto.

“…me convertí en domadora de versos y olvidé la palabra Soledad. Hasta esta madrugada. La sola fuerza de su mirada me hizo despertar. Estaba en un rincón. Con sus ojos felinos puestos sobre mí. Se acercó despacio. Me paralizó el terror. Y no pude ni gritar cuando enterró sus fauces de hierro en mi garganta. Me atravesó por completo.-
-¿Qué? ¿Qué cosa?-
-La palabra Vacío. Me atacó esta madrugada, y una vez más se vaciaron todas las demás palabras.-
-Leo tu vida en las líneas de tu mano, y parece que fue escrita por un novelista. Tu destino es viajar. De barco en tren. De tren en barco. A veces feliz de ser tan libre.-
-A veces triste, hasta la locura, por la misma razón.-
-Hacer y deshacer maletas.-
-Empacar y desempacar amor.-
-Amor de hostal.-
-Amor de esquina.-
-Esquina de cinco estrellas.-“

Adaptación de “La Eternidad Por Fin Comienza Un Lunes”, por Ada.

Y esas palabras escriben hoy los sueños de Julieta.
Porque se carga a espaldas su mirada.
Una vez más.

20091021

Despedida

No sé cómo me enteré de que mi madre había muerto. No recuerdo que nadie me lo dijera, pero recuerdo que a cierto punto, tuve la certeza de que había sucedido. Nos escribió una carta, a mí y a mis hermanas, antes de hacerlo. Sabía que iba a morir. Y estaba vestida de morado, el color de la Esperanza, al hacerlo. La carta estaba escrita en inglés, y yo sentí al leerla la angustia y frustración que ella sintió al escribirla. Lo cortas que se quedaban las palabras, tener tantas cosas que decir que terminaba por no decir ninguna. La impotencia de saber que era su última oportunidad para decirnos todo lo que nos quería decir. Y también una paz, un agradecimiento interno, por tener el espacio para hacerlo. Parecían frases de libro de autoayuda. Una para cada una de nosotras. Enseñanzas de vida como las de las galletas chinas de la fortuna. Y yo hace años no como una galleta de la fortuna porque nunca me he dado el tiempo de investigar de qué están hechas. Y la carta seguía por páginas. Y yo, como en cualquier velorio, al inicio no lloraba. Y a diferencia de todo velorio, al final terminaba haciéndolo, más que ninguno de los presentes, más que todos juntos. Pero a ellos, a los presentes que se dolían por una pérdida ajena, yo no los veía. Veía un poste de luz, sin luz, y no tenía las fuerzas de abrazarme a mí misma al llorar. Tenía los brazos sueltos, al lado de mi cuerpo, y una blusa color morado, el color de la Desesperanza. Y solté todas las lágrimas que no había soltado en años, en público, y completamente sola. Al inicio lo hice con calma y tranquilidad, como nos obligaban a hacerlo en Teatro, con la cara relajada y las gotas fluyendo lentamente de ojos abiertos, como Mariela la Argentina, a quien ni siquiera se le corría el maquillaje, Mariela que no parpadeaba cuando ríos de tristeza nacían sin prisa de sus ojos grandes. Qué bonita era Mariela. Y yo, junto al poste de luz, me sentía culpable, porque en los últimos tiempos había estado enojada con mi madre. No, no enojada, o quizás sí, no lo recuerdo, pero recuerdo que no la había tratado bien. Recuerdo haber estado tan triste, tan arrepentida. Y recuerdo su imagen, y su vestido morado, con florecitas negras, un vestido que no era para alguien de su edad, de ésos que comenzó a usar cuando entró a la universidad. Y por alguna razón, en esa imagen, mi madre sabía que moriría. Mi padre había muerto tiempo antes, y yo me preguntaba qué sería de mis hermanas. Tenía planes de partir, como siempre, vida que empacar y un país que dejar atrás. Mi mente se debatía entre quedarme y hacerme cargo de ellas o continuar con mis planes. Me sentí totalmente perdida. Y con una culpa aplastante sofocándome, sentí también alivio. Me dije que ya no había ataduras. Y decidí, a pesar de todo, partir.

Dice que lloré a cántaros esa noche, que mis sollozos le despertaron pero no se atrevió a sacarme de mi pesadilla.

Porque esa noche, soñé que mi madre moría.



Imágenes por David Stoupakis

20091012

Mapa


"Extraño contar las pecas de su espalda" Decía mi hermana. Y no podía creer que mis pecas, nadie las contara. Extrañaba un lunar en su hombro, mi hermana. Y le sorprendía que yo no tuviera memorizado el mapa de lunares escrito en pieles ajenas.

¿Alguien me quiere prestar sus pecas? Tan sólo por una noche.

El pago, un dibujo del firmamento tatuado en mis pupilas de miel,

Y la promesa de no olvidar, jamás, las coordenadas de su piel.